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Desarrollo afectivo

Desarrollo afectivo – social de los niños de 0 a 15 meses

El desarrollo emocional del bebé depende de muchos factores, algunos de los cuales son innatos y otros aparecen a los largo del crecimiento.

La afectividad es un aspecto crucial en el desarrollo del niño y la niña, fundamentalmente en los tres primeros años de vida.

Desde muy temprana edad, los bebés son capaces de expresar emociones y de responder a las emociones y atenciones de los demás.

Es fundamental, en este periodo y en los siguientes que el bebé perciba de alguna forma que es aceptado y querido, esto va a contribuir en gran medida el desarrollo de su personalidad.

Por esto no se pueden escatimar las caricias, cogerle en brazos, hablarle con cariño.

Por eso para Escuelas Infantiles Alba, es fundamental el amor y el cariño hacia nuestros niños., basando nuestro proyecto educativo en este pilar tan fundamental para el desarrollo emocional del bebé.

Peleas de niños: ¿debemos intervenir?

Nos surgen dudas como: ¿cuándo intervenimos y cuándo no? ¿cómo hacerlo? o ¿por qué no hacerlo? Te contamos cómo debes actuar cuando tu hijo sepelea con otros niños en las situaciones más habituales.

Quieren el mismo juguete

Juan está jugando tranquilamente en el parque con su cubo y su pala. De pronto, viene otro niño y le quita la pala. A Juan no le hace ni pizca de gracia e intenta arrebatársela.

¿Intervenimos? No

En principio, no. A esta edad las peleas no suelen ser graves y, con un poco de tiempo, los niños resuelven solos sus conflictos. Pero no siempre es así. Si la pelea por el mismo juguete llega a las manos y se convierte en una lucha sin cuartel, entonces no dudes en intervenir para separarles y protegerles. En la segunda parte de la intervención puedes adoptar un rol mediador, es decir, acompáñales en la búsqueda de un acuerdo que satisfaga a ambos. ¿Y si uno se queda con la pala y el otro con el cubo?

 

Pellizca a su hermano a escondidas

Y cuando lo descubres se te cae el alma a los pies. ¿Tu retoño hace eso tan terrible a su hermano? ¡A escondidas! Tú que pensabas que los celos eran cosa del pasado… ¿Haces como si no hubieras visto nada o le afeas su conducta?

¿Intervenimos? Sí

La oportunidad que te brinda ese pellizco es entender los temores y necesidades que llevan a tu hijo a relacionarse así con su hermano. No es grave ni tremendo, simplemente expresa algo que no termina de digerir. Sin reñirle, puedes informarle de lo que has visto y hablar de lo que le pasa. Tu intervención tiene el fin de proteger al pequeño y transmitirle seguridad.

 

Lo toca todo en el supermercado

Luis se divierte mucho en el súper. Se dedica a pasar sus manitas por el mayor número de superficies posible. Si son duras le basta con acariciarlas, algunas las coge y las echa al carro; sin son blandas, como el pan o los plátanos, disfruta apretando con los deditos. Su madre mira de reojo, no sabe si está bien o mal, pero si tuviera que ir regañándole todo el rato no terminaría nunca de hacer la compra.

¿Intervenimos? Sí

Aunque nunca regañándole. El niño toca todas esas cosas guiado por un saludable impulso de aprendizaje, que en este caso choca con el respeto a la propiedad de otro. Reconociendo su deseo de aprender, puedes explicarle que a los dueños de la tienda no les gusta que se toquen todas sus cosas, y a continuación ofrecerle una alternativa para cubrir su necesidad: dale a explorar los productos que vas metiendo en el carro y proponle que coja algunos él mismo. Así, aceptas su necesidad de manipulación y aprendizaje y a la vez le enseñas que hay normas relacionadas con respetar las cosas de otros.

 

No comparte sus cosas

Y no hay manera. Silvia se rodea de sus muñecas y cuando tus amigos llegan con su hija a pasar la tarde, no hay forma de que Silvia le deje nada. Cuanto más insistes, peor se pone la cosa…

¿Intervenimos? No

Es importante reconocer su derecho a no compartir. Son sus cosas, no las tuyas, y debes respetar a la niña. Esto no tiene nada que ver con el egoísmo, es un simple acto de reafirmación. Si su amiguita quiere jugar, deja que se entiendan, pero no la obligues a compartir. Si es una conducta que se repite siempre, puedes hablarle de lo bien que se lo pasa uno compartiendo y darle ejemplo. Si lo que no quiere compartir es un bien común entonces sí debes intervenir. Explícale que es de todos, muéstrale que otros niños también quieren disfrutar y negocia una forma de compartir el columpio.

 

Tiene una rabieta

Carmen no sabe dónde meterse cuando Laura se tira al suelo gritando en mitad de la calle. ‘Si no ha pasado nada’, se dice Carmen. Lo ha intentado todo, desde razonar con la pequeña hasta darle un par de buenos gritos, pero nada funciona. A veces la deja berrear hasta que se cansa. Pero, ¡puede tardar tanto tiempo en cansarse…

¿Intervenimos? No

Intervenir no es necesario, pero sí acompañar. O, mejor, intervenir acompañando. Aunque no entiendas sus razones, los berrinches son una expresión de rabia que no debes bloquear. Hay que acompañar al niño para que no se haga daño y abrazarle cuando te lo permita, apoyándole para dejar atrás ese estado de ánimo.

 

Le pegan en la guardería

Un día Daniel se despertó de mal humor. También al siguiente y al siguiente. ‘Cole, no’, se convirtió en la consigna matutina. Su madre preguntó a la profe si Daniel tenía algún problema. Esta le contó que un compañero la había tomado un poco con él, pero que eran ‘cosas de niños’ y no debía preocuparse. La resistencia de Daniel para ir a la guardería crecía y su madre no sabía qué hacer.

¿Intervenimos? Sí

Nuestro hijo lo está pasando mal, aunque aparentemente no tenga importancia, y debemos darle herramientas para evitarlo. Habla con la profesora y con él. Es importante que exprese lo que le pasa, ya que sentirá alivio y apoyo. Puedes preguntarle directamente y compartir alguna anécdota relacionada con el tema. También debes enseñarle a protegerse. No está de más hablarlo con la profesora. Si está ocurriendo algo que altera significativamente a nuestro hijo, es bueno que su ‘seño’ lo sepa, es posible que le falte información.

 

Pega en la guardería

Ricardo es el niño que pega a Daniel, su compañero de la escuela infantil, un día sí y otro también. Su madre recibe avergonzada las quejas de la profesora, pero no sabe qué hacer. Cuando le pregunta a Ricardo si pega, él siempre dice que no.

¿Intervenimos? Sí

La excesiva agresividad te informa de que algo no va bien. Una cosa es que de vez en cuando se le suelte la mano y otra muy diferente que pegue sistemáticamente. Es importante localizar su problema y, en paralelo, enseñarle a expresar su rabia o desacuerdo de otra forma. ¿Cómo intervenir? El objetivo de tu participación no es inhibir la conducta agresiva, sino saber qué le ocurre al niño que le hace manifestarse de forma tan violenta. Además, es importante enseñarle una forma diferente de expresar su agresividad. Aunque solamente tenga dos años, puedes explicarle las consecuencias de sus acciones. Si necesitas apoyo para descubrir lo que altera al niño, siempre puedes acudir a un profesional que te ayude a localizar su problema y solucionarlo.

Tu hijo llora sin parar: todo le molesta

Son las más comunes y sencillas de identificar y las más fáciles de dominar.

Tiene hambre

Normalmente no esperamos a darle de comer tanto tiempo como para que esté irritado, pero puede ocurrir. Y si ha llegado a ese extremo, aun muerto de hambre nos tirará la galleta a la cara. Ha entrado en una espiral de ansiedad y rabia, está descontrolado y él mismo no sabe lo que le pasa.

Qué hacer. Tras abrazarlo y permitirle descargar su rabia en contacto con otro cuerpo, podemos dejar algo de comida cerca. Si ese era el problema, la cogerá en cuanto se relaje un poco.

Tiene sueño

Cuando los niños tienen sueño y se esfuerzan por permanecer despiertos, su cuerpo fuerza una especie de hiperactividad que acaba convirtiéndose fácilmente en mal comportamiento y llanto. Necesitan echarse la siesta. Su sistema nervioso está también descontrolado, así que no se echará amigablemente en la cama si se lo proponemos (ahora está hiperactivo).

Qué hacer. Acercarnos a él, abrazarlo y calmarlo nos ayudará a poner las cosas en su sitio. Ya tranquilo es posible que se quede dormido.

Está incubando una enfermedad

En esos casos suele estar más mimoso, quiere estar todo el rato con mamá y su cuerpo está más débil que hiperactivo. Puede tener algún tipo de comportamiento regresivo, por ejemplo querer dormir en nuestra cama, tener miedo de quedarse solo… También puede perder el apetito, y no debemos forzarle a comer: el cuerpo es sabio y ante un virus o bacteria le cuesta menos trabajo realizar un trabajo de desintoxicación en un cuerpo ligero, y sin el trabajo extra de la digestión. Si siente dolor suele gritar cada cierto tiempo, o llevarse la mano todo el rato a la misma zona.

Qué hacer. Es posible que no lo sepamos hasta unas horas o días después. Mientras tanto, hemos de ofrecerle nuestra compañía y tranquilidad. Es importante evitar la preocupación; a esta edad casi todo son resfriados sin importancia que reforzarán su inmunidad.

Factores emocionales

Descartados los físicos, podemos sospechar que nuestro hijo llora tanto por una cuestión afectiva.

  • Nuestro hijo puede pasar la tarde insoportable por algo que le pasó en la guardería, aunque cuando ocurrió se quedase tan pancho y por eso la profe no nos dijo nada.
  • Hemos de preguntarnos si las necesidades emocionales de nuestro hijo están cubiertas y podemos analizar las cosas que más le afectan.
  • Hay situaciones que les superan, su cerebro es aún inmaduro para enfrentarse a ellas. La ausencia de mamá, por ejemplo, es aún difícil de llevar.

Qué hacer. Si tenemos que pasar gran parte del día lejos de ellos, hemos de volcarnos y compensarles con creces durante el tiempo que sí compartimos. Si no les dedicamos diariamente una buena ración de atención, mimos y cariño, empezarán a sentirse realmente mal, tristes y agresivos.

 

Frustraciones

Están en la edad de la frustración, que en realidad es una emoción saludable, empuja a la superación. Le acompañará el resto de su vida, y ahora tiene dos orígenes muy claros.

Quiere y no puede

A la plácida vida del bebé, escrita en permanente presente, sobreviene un tiempo en el que es capaz de desear hacer cosas que aún no está listo para hacer: quiere coger el vaso grande, pero se le resbala; quiere correr detrás del gato, pero apenas consigue dar unos pasos tambaleantes en esa dirección; quiere pedirnos un juguete concreto, pero no le entendemos. Puede tolerar un cierto nivel de frustración, pero hay días en los que el vaso rebosa… y necesita consuelo.

Falta de estímulos

A esta edad el pequeño está perfectamente listo para afrontar «peligros» como recorrer la casa, abrir y cerrar puertas, trepar a cualquier cosa, aunque sea el sofá…

Pero si se pasa el día metido en su parquecito, sin posibilidad de explorar y adquirir las habilidades que le corresponden, sentirá una frustración mucho peor que la del querer y no poder (aquella le lleva a la superación; esta solo genera impotencia). Necesita estímulos apropiados a su edad. Si no los tiene, se mostrará cada vez de peor humor y menos colaborador.

 

Qué hacer cuándo no encontramos la causa

  • Usar la imaginación. No siempre hemos de buscar la causa. Si sospechamos que no es importante pero que el pequeño ha entrado en una espiral de mal humor, hay que interrumpirla en algún punto. Un cambio de lugar, el juego y el buen humor pueden distraerlo definitivamente de su terrible enfado.
  • Fortalecer las rutinas. Les ayudan a sentirse seguros. A veces el mal comportamiento no es más que una llamada de atención sobre la necesidad de más orden en su vida.
  • Estar más con él. Porque si llama la atención es por algo, porque nos necesita. Así que una dosis extra de atención nunca le va a hacer daño, ni le va a convertir en un consentido. Puede devolverle la seguridad que necesitaba y, con ello, el buen humor y la confianza en sí mismo.

 

¿Cómo conectar con el niño?

  • Hay que mirarle sin enfado ni rabia, sin desconfianza, sabiendo que lo está pasando mal y nos necesita. Lo exprese o no, él se sentirá comprendido y acompañado, y nosotros también nos sentiremos mejor. Atendemos a un niño al que le presuponemos una necesidad importante o urgente.
  • Acompañamos nuestra mirada de un acercamiento físico, algo que a esta edad hace milagros. El cariño y la comprensión cubren casi todas las necesidades y calman el dolor.
  • Entonces podemos ir probando, buscar la causa de lo que le ocurre, y expresar verbalmente las ideas que barajamos. Le estamos ayudando a comprenderse a sí mismo.
  • Demos o no con la causa, necesita que sigamos a su lado, apoyándole.Si tenemos que marcharnos, se lo explicamos y le decimos cuándo volveremos. Es mejor no mentirle, ni prometerle algo que no podamos hacer. A la vuelta, le dedicamos todos los mimos que demande, y más.

 

Mordiscos y arañazos en la guardería

Dicen los educadores de lasescuelas infantiles que el grupo de niños de uno ados años es uno de los más estresantes porque, aunque estén con cien ojos vigilándoles, los mordiscos se repiten a diario. Aunque la atención sea exquisita, es inevitable que se produzca el mordisco, el tirón de pelos o el arañazo. ¿Por qué se comportan así a esta edad?

Por sobreprotección

Una de las consecuencias del exceso de protección es la baja tolerancia a la frustración.

Un niño de dieciocho meses a quien en casa le dan todo lo que quiere ipso facto piensa que siempre va a ser así. ¿Por qué tendría que ser diferente en la escuela?

Pero en clase, muchas veces otro niño está tomando el zumo que este quiere. Como no le van a dejar que se lo quite, lo más seguro es que coja una rabieta de escándalo y que, si aun así ve frustrados sus deseos, le dé un buen tirón de pelos al compañero para lograr su objetivo. Nunca le han negado nada, no conoce el significado de la palabra ‘no’ y es muy difícil entenderlo, de repente, cuando se tienen casi dos años.

 

Por exceso de emoción, alegría o cariño

Muchas veces lo que acaba pareciendo una agresión no deja de ser un acto de cariño…, aunque un poco exagerado, eso sí.A los críos les encanta tocarse, darse besos (es muy placentero poner la boca en la cara o en el cuerpo de otro niño), se ponen nerviosos y simplemente se «pasan» con los cariñitos. A esta edad aún no tienen control emocional; no son capaces de canalizar las emociones intensas, se ponen nerviosos y, ¡mordisco al canto!

 

Por ausencia de lenguaje oral

Los niños de estas edades aún no saben hablar y no pueden utilizar la palabra para resolver sus conflictos.

Al no dominar la comunicación verbal, sus formas de mostrar rechazo, frustración, deseo o necesidad son un tanto aparatosas. Su agresividad es, simplemente, una manera de decir qué quieren o qué no quieren, su modo de hacerse entender y de resolver los problemas.

 

Por problemas con la dentición

Que acaben de salirles los dientes es motivo más que suficiente para morder, con desesperación, todo lo que tienen cerca.

Lo malo es si lo que pillan es el bracito de un compañero. También influye en este comportamiento que se les quite el chupete; les produce mucho desasosiego: el chupete es como un bálsamo para el ánimo de nuestros pequeños.

 

Por costumbre

¿A que es gracioso cuando un bebé de seis o siete meses nos tira del pelo? Mamás, tíos y abuelos les reímos la gracia…

‘Pero…, ¿has visto qué fuerza tiene? ¡Si hasta me ha hecho daño!’ Incluso agachamos nuestra cabeza para que el angelito lo tenga más fácil y acceda sin dificultad a nuestro mechón de pelo o a nuestra oreja. Pero si no vamos moldeando, poco a poco y con mucho cariño, estos comportamientos, no entenderán por qué, al llegar a los 18 meses, no solo no nos hace gracia el tirón de pelo o el mordisco, sino que encima se llevan una bronca.

 

Por pensamiento egocéntrico

A esta edad los niños están en un momento evolutivo conocido como el del pensamiento egocéntrico. Y ¿qué quiere decir esto? Pues, entre otras muchas cosas, que son incapaces de ponerse en la piel de los otros. Si yo quiero ese osito, lo quiero ahora y no me preocupa que lo tengas tú; no puedo comprender que tú también lo quieras. Lo quiero y te lo quito y, si te resistes, te muerdo. Además, después tampoco pueden entender por qué llora el mordido.

Los niños de uno a dos años no son capaces de compartir. No es que sean egoístas, es que aún no saben hacerlo.

 

¿Cómo corregir su comportamiento?

Se entiende que estas conductas agresivas están dentro de lo normal a esta edad, pero es necesario encauzarlas hacia otras formas de relación más adecuadas.

La clave está en corregir estos comportamientos con constancia pero sin dureza, evitando en todo momento ofrecerles modelos agresivos: la solución no es enseñarle a que muerda al que ha sido mordido.

 

¿Cómo deben actuar sus cuidadores en la escuela infantil?

  • Ante un incidente de este tipo (mordisco, golpe, arañazo) lo primero es atender al niño que ha sido agredido, calmarle y ofrecerle seguridad.
  • Hay que hacerle entender al que ha provocado el altercado que lo que ha hecho no está bien, que actuando así hace daño a su compañero y que no debe repetirlo.
  • Hay que evitar etiquetar a los pequeños como malos, pegones o trastos. Los niños no son malos, lo que está mal es su acción y así hay que hacérselo ver. Ponerles etiquetas solo va a llevar a que se identifiquen con el papel y a reforzar ese comportamiento.
  • Si el comportamiento agresivo es muy recurrente, convendrá apartarle de la situación y retirarle un ratito, muy breve, al rincón de la tranquilidad para que se relaje y, cuando vuelva al grupo, pueda seguir la actividad con total normalidad.
  • Cuanto más claras estén las normas y los límites en el aula, antes los interiorizarán y podrán ir desarrollando progresivamente habilidades sociales alternativas a la agresión para resolver sus conflictos.